Entrevista a Susana Giardelli, psicóloga clínica: mandatos familiares y autoexigencia
Hablamos con Susana sobre cómo se instalan los mandatos familiares, qué señales muestran que un chico siente demasiada presión por cumplir expectativas y cómo acompañar a nuestros hijos sin trasladarles nuestras propias exigencias.
10/24/202611 min read


Susana Giardelli es psicóloga clínica argentina, graduada en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja desde las terapias cognitivo-conductuales contextuales y atiende de manera virtual a jóvenes mayores de 18 años y adultos.
En FlexibleMENTES (@flexiblementes) comparte contenido de psicoeducación y herramientas para lidiar con el perfeccionismo y las exigencias.
Conociendo a Susana
Para presentarte a nuestros lectores: ¿quién es Susana, a qué te dedicas y qué tipo de personas sueles acompañar en consulta?
¡Hola! Gracias por la invitación. Soy Susana Giardelli, psicóloga clínica, y trabajo desde las terapias cognitivo-conductuales contextuales, que nos ayudan a relacionarnos distinto con lo que pensamos y sentimos, para poder vivir de acuerdo con lo que realmente nos importa.
Atiendo de manera virtual y acompaño sobre todo a jóvenes mayores de 18 años y adultos que llegan en un momento de mucho malestar: ansiedad, depresión, perfeccionismo, sobreexigencia y crisis vitales. Te cuento cómo suelen ser: personas que hacen mucho, que intentan cumplir con todo y, aun así, sienten que nunca es suficiente. Lo que ofrezco es un espacio seguro, cálido y sin juicios para flexibilizar esa autoexigencia, conectar con lo que de verdad les importa y construir una vida con más sentido y bienestar.
También acompaño a jóvenes que atraviesan una crisis vocacional y no saben si el camino que eligieron es el suyo o el que la familia esperaba. Además, brindo espacio a madres y padres que quieren revisar su propia historia: algunos porque se dieron cuenta de que su propia vocación o su trabajo no fue una elección libre, y otros porque quieren acompañar el proceso y la libre elección de sus hijos sin transmitirles esas mismas exigencias.
Qué son los mandatos familiares y cómo se instalan
Cuando hablas de “mandatos familiares”, ¿a qué te refieres exactamente?
¿Podrías ponernos algunos ejemplos de esos mensajes que podemos recibir en casa y que terminamos interiorizando casi sin darnos cuenta?
Mirá, desde mi enfoque no solemos hablar de “mandatos” en el sentido tradicional. Hablamos de reglas rígidas, esos “debería” que vamos incorporando de chicos: “Debo ser perfecto para que me quieran”, “Solo valgo si tengo éxito”. Son reglas de supervivencia emocional: el niño las adopta para asegurarse el afecto y su lugar en la familia.
Y los ejemplos que me pedís son más comunes de lo que creemos, porque vienen disfrazados de buenas intenciones y los incorporamos sin cuestionarlos: “Vos podés mucho más”, “Con lo inteligente que sos, no podés sacar esta nota”, “No podés ser tan débil, tenés que poder con todo”, “Tenés que ser abogado, como tu papá y tu abuelo”. El mensaje de fondo suele ser el mismo: que el amor y el valor propio dependen del éxito. Con los años dejan de ser la voz de otros y se vuelven nuestro propio juez interno.
Por eso, en terapia no discutimos si esa regla es verdadera o falsa, sino si nos sirve para la vida que queremos hoy, y trabajamos para ir soltándola, aunque al principio dé culpa.
¿Cómo se instala un mandato familiar en un niño o adolescente?
¿Es necesario que los padres digan algo directamente o también puede transmitirse a través de expectativas, silencios, comparaciones o determinadas formas de reaccionar?
Lo interesante es que no hace falta que nadie diga nada. Los mensajes más profundos, y los más difíciles de desarmar, suelen ser los sutiles. Un niño o un adolescente es una esponja emocional: está todo el tiempo leyendo el ambiente para asegurarse su lugar en la familia. Un gesto de desaprobación cuando saca un 8 y no un 10, un silencio, un suspiro de decepción o un cambio en el afecto cuando no cumple lo esperado dicen más que mil palabras, y lo que el chico entiende es: “Cuando no soy como esperan, dejo de importar”.
También pasa con las expectativas que los adultos proyectamos, con las comparaciones (“Tu hermano nunca trae problemas”, “Mirá a Anita, ya se recibió y trabaja”) y con cómo reaccionamos ante un error. Si equivocarse trae enojo, el chico aprende que es peligroso y que tiene que exigirse el doble. Por eso digo que no importa tanto lo que le decimos que tiene que ser, sino lo que él deduce que tiene que ser para que lo quieran.
Frases aparentemente normales como “tienes que aprovechar tus capacidades”, “sé responsable”, “no nos decepciones” o “tú puedes con todo” pueden nacer de una buena intención. ¿Cuándo empiezan a convertirse en una carga?
Es una gran pregunta, porque ninguna de esas frases suena mal, ¿verdad? El problema no es la intención, sino cuánto, cómo y con qué margen de error se dicen.
Empiezan a pesar cuando se repiten todo el tiempo, cuando no dejan lugar a equivocarse ni a cansarse, y cuando el chico siente que lo quieren solo si cumple. Y también cuando le quitan permiso a la vulnerabilidad: si a alguien siempre le decimos “tú puedes con todo”, ¿dónde queda su derecho a sentirse abrumado o triste? Ahí la frase deja de ser un apoyo y se convierte en una prisión de la que cuesta salir sin culpa.
La adolescencia y las señales de presión
¿Qué ocurre especialmente durante la adolescencia?
¿Por qué puede ser una etapa tan importante a la hora de interiorizar la exigencia familiar y construir la imagen que una persona tendrá de sí misma?
Es una etapa clave, y te explico por qué. El cerebro se reestructura, los chicos buscan su propia autonomía y se arma la respuesta a “¿quién soy?”. Si esa respuesta se construye desde lo que creen que deben ser para no defraudar, y no desde lo que desean, la exigencia se vuelve parte de la identidad.
Además, la necesidad de pertenecer se intensifica. Muchos se vuelcan de lleno al estudio o al deporte como refugio frente a la angustia o al miedo al rechazo, y así aparecen esos jóvenes hiperresponsables y perfeccionistas que terminan silenciando su propia voz. Para mí, la adolescencia es el taller donde los mandatos dejan de ser reglas de afuera y se transforman en la armadura con la que se sale al mundo adulto.
¿Qué señales pueden indicar a una madre o un padre que su hijo está sintiendo demasiada presión por cumplir expectativas?
Por ejemplo, miedo a equivocarse, perfeccionismo, necesidad constante de aprobación, frustración excesiva…
Fijate que los chicos casi nunca dicen “estoy abrumado por las expectativas”. Lo muestran con la conducta, con las emociones y con el cuerpo. Una señal es el perfeccionismo que paraliza: pasar horas borrando una tarea, o no empezarla por miedo a que no salga perfecta. Otra es una frustración desproporcionada ante un error chiquito, con llanto o con una autocrítica muy dura (“Soy un inútil”). Y otra, preguntar todo el tiempo “¿Está bien así?”, “¿Seguro que no está mal?”.
El cuerpo también habla: dolores de panza o de cabeza antes de ir al colegio, problemas para dormir, cambios en el apetito (siempre descartando antes causas médicas). Y están esos chicos hiperresponsables, que parecen adultos en miniatura y sienten que el tiempo libre es tiempo perdido. Detectarlo a tiempo es una invitación para frenar y preguntarnos, como adultos, qué mensaje estamos dando.
¿Puede existir mucha exigencia en una familia donde hay cariño, atención y buenas intenciones?
A veces asociamos estos problemas únicamente con familias muy autoritarias. ¿Es necesariamente así?
¡Absolutamente sí! Y no, no es necesariamente así. En mi experiencia, los casos más complejos de perfeccionismo suelen venir de familias muy afectuosas y presentes. Es que la presión también se camufla en el amor, y cuando una familia contiene y acompaña, el mandato es todavía más difícil de cuestionar.
El chico piensa algo así como: “Mis papás me quieren, me dan todo, se esfuerzan por mí… ¿cómo los voy a defraudar?”. Y el amor, sin que nadie lo busque, se convierte en una deuda invisible: siente que tiene que devolver tanto cuidado no fallando nunca. No hacen falta gritos ni castigos. A veces alcanza con una mirada llena de expectativas, o con el peso de “agradecer” tanto bienestar con resultados impecables.
Acompañar sin exigir de más
Una de las preocupaciones de muchos padres es encontrar el equilibrio entre acompañar y exigir. ¿Cómo podemos enseñar responsabilidad, esfuerzo y constancia sin hacer que nuestros hijos sientan que su valor depende de sus resultados?
Es el gran desafío de la crianza, ¿no? Enseñar el valor del esfuerzo sin atarlo a la autoestima. Y para eso, el giro es pasar del resultado al proceso y a la persona.
Podemos celebrar el logro, claro, pero destacando el esfuerzo y la constancia, no su valor como persona. No es lo mismo decir “Sos un genio por sacar un 10” que “Vi lo mucho que te esforzaste, ¿cómo te sentiste vos con lo que hiciste?”. También ayuda recibir el error con curiosidad (“¿Qué podemos aprender de esto para la próxima?”), para que no le tengan terror, y enseñar que descansar es una necesidad y no un premio: si solo merecen parar cuando terminan todo, los convertimos en máquinas de rendir. Y ayuda dejar que pongan límites: que puedan decir “no puedo más” o “estoy cansado” sin que eso signifique que son débiles o que nos defraudan.
Lo que queremos es que, con lo que hacemos todos los días, sepan que su valor es incondicional: los queremos por lo que son, no por lo que producen.
¿Qué papel juega la comparación?
Comparar entre hermanos, con compañeros de clase o incluso con cómo éramos nosotros a su edad puede parecer algo pequeño. ¿Qué impacto puede tener?
Parece algo chiquito, pero es una de las cosas que más daña la autoestima. Muchas veces comparamos para motivar: “Fijate cómo Lucas ya terminó todo”, “A tu edad yo ya estudiaba solo”. Pero lo que el chico escucha es otra cosa: “para que me quieran, tengo que parecerme a otro”. Y ahí aparece esa sensación de “nunca soy suficiente”, y a veces también rivalidad entre hermanos.
Comparar es como pedirle a un violín que suene como un tambor: lo único que conseguimos es que desafine. Cada chico tiene su propia partitura, sus propios silencios y su propio compás, y lo hermoso es hacerlos sonar en armonía, no al unísono.
Cuando el mandato llega a la vida adulta
Hay adultos que aparentemente han cumplido con todo: estudiaron, trabajan, son responsables, intentan hacerlo siempre bien… pero sienten que nunca es suficiente. ¿Podría haber detrás un mandato aprendido muchos años antes?
Sí, totalmente. Es algo que vemos muchísimo. Son personas que de afuera parecen exitosas y súper responsables, pero por dentro conviven con una insatisfacción constante. El problema no es su capacidad, sino un mandato invisible de la infancia que les grabó la idea de que su valor depende de su rendimiento.
Es como correr detrás de una meta que siempre se corre de lugar. Por eso el logro no alivia: cuando cumplen un objetivo, en lugar de disfrutarlo, esa voz interna ya les está exigiendo el próximo paso. Se nota hasta en lo cotidiano: gente que se va de vacaciones y termina trabajando, porque descansar les da culpa. Al final, no viven persiguiendo lo que les hace bien, sino escapando de la culpa de sentir que nunca son suficientes.
¿Cómo puede una persona adulta empezar a identificar qué decisiones está tomando porque realmente las desea y cuáles responden a lo que aprendió que “debía ser”?
El primer paso es parar y escuchar al cuerpo y a la propia brújula. Cuando pasamos tanto tiempo en piloto automático, obedeciendo a los “debería”, lo que realmente queremos queda sepultado bajo capas de exigencia.
En consulta trabajamos con algunas pistas. Una es el termómetro de la emoción: si una decisión responde a un mandato, detrás suele haber miedo, culpa anticipada o necesidad de aprobación (“¿Qué van a decir?”). Si sale de un valor propio, aunque dé vértigo, hay coherencia y hasta alivio. Otra es poner la regla sobre la mesa y preguntarnos: “¿Esto lo elijo porque le da sentido a mi vida hoy, o lo hago para cumplir con el libreto que escribí a los diez años?”. Muchas veces descubrimos que el mundo no se desmorona si elegimos distinto.
Con los hijos pasa lo mismo: podemos pasar de la obediencia ciega a preguntarles “¿Qué te pasa a vos con esto?”, ayudarlos a distinguir el querer del deber y mostrarles que está bien pensar distinto. La autonomía se construye aprendiendo a tolerar la incomodidad de elegir un camino propio.
Cuando un adulto reconoce esos patrones, también puede aparecer el miedo a repetirlos con sus propios hijos. ¿Es posible romper esa cadena? ¿Por dónde recomendarías empezar?
Sí, es totalmente posible. Y el primer paso, que a veces es lo más difícil, es abrazar la propia historia con compasión. Cuando nos damos cuenta de que estamos repitiendo estos patrones, suele aparecer mucha culpa. Pero no se trata de flagelarse: hicimos lo que pudimos con las herramientas y las reglas que nos enseñaron de chicos.
Después, practicar la pausa antes de reaccionar: “Esto que le pido a mi hijo, ¿responde a lo que necesita él o a mi miedo de que falle?”.
Nos vamos a equivocar, es inevitable. Romper la cadena no significa ser padres perfectos, sino tener la humildad de pedir perdón y charlar con nuestros hijos cuando cometemos un error, y estar dispuestos a revisar nuestras reglas para vincularnos desde el afecto incondicional y la flexibilidad.
Reparar y construir una identidad propia
¿Qué podemos hacer cuando nos damos cuenta de que ya hemos presionado demasiado, comparado o dicho frases que ahora entendemos que podían hacer daño?
¿Se puede reparar también dentro de la relación entre padres e hijos?
Te diría que la reparación es de lo más sanador que existe en un vínculo. Cuando nos damos cuenta de que presionamos de más, el impulso suele ser la culpa o ponernos a la defensiva. Pero lo saludable no es la perfección, es reparar. Y sí, se puede: los vínculos no se fortalecen por no equivocarnos nunca, sino por hacernos cargo cuando fallamos.
¿Cómo? Acercándonos con honestidad: “Estuve pensando en cómo reaccioné con tu examen y me equivoqué; te puse una presión que no te corresponde y te pido disculpas”. Aclarando que nuestro enojo hablaba de nuestros miedos y no de su valor. Y mostrando con hechos que algo cambió, frenándonos la próxima vez que aparezca la urgencia de exigir. Lejos de quitarnos autoridad, pedir perdón les enseña que los adultos no somos infalibles pero sabemos reparar, y eso construye una confianza mucho más sólida.
En Bookly hablamos mucho de ayudar a niños y adolescentes a desarrollar criterio propio, autoestima y autonomía. ¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos sientan que pueden construir una identidad diferente a la que nosotros habíamos imaginado para ellos?
Gracias por nombrar a Bookly, porque tiene mucho que ver. Creo que hay que pasar del rol de “diseñadores” al de “acompañantes”. A veces, sin querer, proyectamos en nuestros hijos nuestras asignaturas pendientes y queremos que lleguen adonde nosotros no pudimos.
¿Cómo evitarlo? Fomentando la curiosidad más que la conformidad, con preguntas simples como “¿Qué te gustaría probar?” o “¿Qué te entusiasma a vos?”. Tolerando la diferencia: quizás elijan caminos o profesiones que no coinciden con nuestros ideales, y acompañarlos con respeto, aun cuando nos da vértigo, es la mayor prueba de amor incondicional. Y dándoles permiso para explorar: el autoconocimiento se construye probando y cambiando de rumbo, y si cada cambio de interés se vive como un fracaso, se paralizan. Darles ese permiso es regalarles la libertad de descubrir quiénes son.
Si pudieras dejar una idea a una madre o un padre que nos está leyendo y que quiere educar a su hijo sin trasladarle sus propias exigencias, ¿cuál sería?
Si tuviera que dejarles una sola idea, sería esta: tu hijo no es un proyecto a terminar ni una versión mejorada de vos; es una persona entera, con su propio camino por transitar.
Educar sin trasladar nuestras exigencias requiere el coraje de mirar nuestros propios fantasmas y de recordar que el mejor regalo no es un historial de medallas y logros perfectos, sino la certeza de que su valor es incondicional, pase lo que pase.
Dónde encontrar a Susana
Para quien se haya sentido identificado con lo que hemos hablado, ¿dónde puede encontrarte, conocer mejor tu trabajo o solicitar una sesión contigo?
Me pueden encontrar en Instagram como @flexiblementes. Ahí comparto contenido de psicoeducación, psicología contextual y herramientas para lidiar con el perfeccionismo y las exigencias. Atiendo de manera virtual a mayores de 18 años y adultos y eso incluye a madres y padres que quieran revisar su propia historia, ya sea porque advirtieron que su propia vocación o su trabajo no fue una elección libre o porque desean acompañar el proceso y la libre elección de sus hijos. Para empezar, pueden escribirme por mensaje directo o por WhatsApp, y coordinamos.
Muchas gracias por compartir tu mirada y ayudarnos a reflexionar sobre algo que puede acompañarnos durante mucho más tiempo del que imaginamos.


